Emergentes, ¿la gran burbuja?

Este año será recordado como un punto de inflexión: el mundo se ha percatado de que los mercados emergentes se llaman emergentes precisamente por una razón. Tras una historia de amor de cinco años con la parte del mundo que más rápidamente está creciendo, ya es hora de que empecemos a ser realistas. Los grandes déficits en cuenta corriente, un sector privado vulnerable y una agenda de reformas altamente politizada, con frecuencia implican una tormenta perfecta para las salidas de capital, la volatilidad (y el nerviosismo) y los riesgos crediticios. China, Rusia, Brasil, Sudáfrica, Turquía y Nigeria, por nombrar unos pocos, se han visto negativamente afectados por la bajada de los precios de las materias primas, la inminente subida de los tipos de interés de la Reserva Federal estadounidense —que ejercerá presión sobre las divisas y la financiación— y el lento crecimiento generalizado. De hecho, en los últimos cinco años el PIB mundial ha estado creciendo por debajo del 3%. Los elevados niveles de deuda (corporativa), la desinflación y las alteraciones son los tres obstáculos a superar. Entre tanto, las turbulencias han afectado al comportamiento de pago de las empresas, dado que los sectores sufren un apoyo público selectivo, una contracción crediticia y una menor productividad.

Como consecuencia, 2016 será el primer año desde la crisis financiera global en que las insolvencias dejen de reducirse a nivel mundial, ya que los mercados emergentes están experimentando un aumento sin precedentes de las quiebras. Los BRICS, término empleado para designar a los principales mercados emergentes, han chocado contra un muro de hormigón y durante el próximo par de años será necesario reforzar los cimientos y reparar las fisuras. No obstante, estos todavía ofrecen oportunidades importantes a exportadores e inversores. La agitación terminará por calmarse y permitirá que el potencial a largo plazo reluzca de nuevo. Sin embargo, los trabajadores de la construcción parecen estar menos dispuestos a rellenar las grietas. El proteccionismo de los flujos comerciales y de capitales se combina con la domesticalización, que es una falta de interés por localizar crecimiento en el extranjero. Estos son como bulldozers para el sector privado: las reglas están cambiando rápidamente y desincentivan las inversiones. La liquidez (el cemento) sigue siendo abundante y el dinero fluye con rapidez de un país a otro en busca de credibilidad y estabilidad en los rendimientos —cuando no se atesora. Sin embargo, cualquier paso en falso se sanciona con dureza. No me malinterpreten, pero los muros también pueden ayudar a evitar un desastre global. Los amortiguadores han reforzado algunos mercados emergentes, como México, Colombia, Chile, Indonesia, Vietnam, Etiopía y Marruecos, por ejemplo. Trabajar en su infraestructura intangible y dirigir una ambición global con una formulación de políticas locales eficaces contribuirá al tránsito de los países en triaje entre el Salón de la Fama y el Muro de la Vergüenza. Los próximos 18 meses serán, sin duda, un buen ensayo sísmico.